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Institución que se ocupa de la investigación de los efectos del "acontecimiento traumático" sobre la subjetividad de la época y sobre los sujetos en particular.

Libro De Un Trauma No Sexual por CentroTrama


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El ocaso que no llega… cuando un patriarca no es un padre
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Textos - Textos
Escrito por Norma Vallone   
Jueves, 16 de Febrero de 2012 21:17

Llegó el momento de escribir sobre un caso, de esos, que a veces no tenemos ganas de tomar. Es más, después de dos años de tratamiento, y a casi tres meses de su interrupción, siguen resonando en mí las preguntas. No sé, si por mi demora en aprestarme a escribir o por la intuida premura de la madre en sacarla de la cura -se trata de una adolescente- pero terminé observando con fidelidad el consejo freudiano de no escribir sobre un paciente hasta tanto no deje de serlo.

Allá, por el Dos mil ocho, recibo a una pareja de padres. Su hija había mentido sobre una violación. De inmediato sentí un fuerte rechazo hacia ese padre. No podría decir exactamente el motivo. Me critiqué por lambrosiana y seguí hacia adelante. Tiempo después corroboré: ese tipo era un perverso y se le notaba.

Patricia, de dieciséis años, se dijo violada por un conocido de la familia a quien su padre, furibundo, fue a increpar. A continuación, ella se retractó de lo dicho. ¿Cuál era la verdad? ¿Por qué mentía? La madre lamentaba amargamente no poder confiar en su hija. No era la primera vez que ella manifestaba ser abusada, pero esta vez, había ido demasiado lejos.

El problema en cuestión era la verdad, y su contraparte, la mentira. Patricia es, ambos lo destacan, muy inteligente.

La derivaba la psiquiatra con un diagnóstico de Fenómeno por estrés post traumático. El diagnóstico no interrogaba a los padres. El trauma que describía consistía en toda esa vida de idas y vueltas, según la madre, pero no tenía contenido sexual, eso era una fábula. La médica le había indicado un ansiolítico y un antidepresivo. Medicación que tiempo después abandonó sin consejo ni supervisión, porque ella -la madre- “no podía andarle atrás para que la tome”. Patricia contaba con un tratamiento psicológico anterior, interrumpido por decisión de los padres alegando motivos que sonaban bastante difusos.

La historia que despliegan en ese primer encuentro constituye una sucesión de episodios que se imponen en su urgencia unos tras otros. La paciente irrumpe con su llegada en el mundo adolescente de los padres. Su madre tenía dieciséis años y su padre dieciocho. No obstante lo prematuro de la paternidad, deciden armar una familia. Patricia pasará a ser la primogénita de los cuatro hijos de la pareja.

Vivieron en diferentes provincias. Su padre es oriundo del interior y

acometió diversos proyectos de trabajo por los que arrastró a la familia de cambio en cambio. A los seis años de la paciente suceden dos hechos relevantes. Su padre fue secuestrado (se recorta la escena de Patricia descalza, medio dormida y en camisón, dentro de un móvil policial).

Además, el tercer hijo del matrimonio –primer varón- fallece al poco tiempo de nacer. La madre admite haber estado “muy triste y ausente”, por aquellos días. Todo era un caos. A los ocho años, la nena experimenta dos mudanzas en menos de un año. Nace, finalmente, otro hijo varón, pero con numerosos problemas de salud. A los catorce años es internada por una afección ginecológica llamada metrorragia. Sangraba sin pausa y sin causa aparente. (El abuelo paterno no abandonó un minuto la habitación, contaría Patricia, una vez iniciado el tratamiento). La madre subraya la presencia de comentarios y miradas suspicaces entre los médicos. Pero afirma, categórica: “Yo pude comprobar que el himen estaba intacto”. Instalados definitivamente en Buenos Aires, en el Dos mil siete, nace la última hija, una niña que tiene un vínculo muy fuerte con la mayor de sus hermanas.

Patricia, por su parte, impresiona como adulta. ¿Adultizada? Su vocabulario es asombrosamente rico. Lee mucho, acaso demasiado, porque no puede dormir por las noches. A ella le preocupa la relación con su madre. Sabe que desconfía de su palabra. Patricia carga con demasiadas responsabilidades. Algunas por cuenta propia y otras por iniciativa de la madre. Es su obligación compartir la crianza de sus hermanos menores, pero cuando ella, Patricia, necesita ir al médico tiene que arreglárselas sola.

Con su padre, preferiría no tener ningún contacto. Es un hombre sumamente inestable, por momentos violento y muy controlador. Es capaz de llamarla al celular quince veces en cinco minutos. A Patricia le

preocupan mucho sus hermanos menores. Suele tener pesadillas. Hay una estructura que se repite, incansable: siempre está en medio de una tragedia con sus hermanos y no logra poner a salvo a los tres.

Cuenta que sus padres la obligan a hablar por teléfono con, “el abuelo de sus hermanos” –el padre de su padre, que vive en otra provincia- y ella no quiere en absoluto, preferiría no tener relación alguna con él. Es más, quisiera no tener que llevar el apellido paterno. Poco a poco comienza a contar que este hombre la violó recurrentemente entre los doce y los catorce años. La tenía amenazada. Si hablaba le sucedería lo mismo a sus hermanos. Pared por medio, ellos y su madre miraban televisión. A ella nunca le llamó la atención su llanto, ni la exagerada cantidad de duchas que Patricia tomaba por día. Nada veía y nada notaba.

Del padre nada bueno podía esperarse. Era lisa y llanamente un estafador, la mandaba a ella a pedir fiado, a vérselas con los acreedores. Pasaban de no tener nada a tener muchos bienes, cuyo origen era siempre desconocido. Recalaban cíclicamente en la casa de los abuelos paternos debido a los problemas económicos de la familia. El ingreso estable siempre provino del trabajo de la madre. El padre llego a jugar el dinero destinado a pagar la factura de la luz. Los intentos de Patricia de hacer que su madre “viera” la madera de la que estaba hecho su esposo, chocaban contra un muro inexpugnable. Le respondía “papá fue a pagar y en el

camino le robaron todo”. Ella comenzó a contar sobre la violación, ni bien llegaron a Buenos Aires, pero la presionaron mucho, pensó que era peor hablar que no hacerlo. Hoy sólo espera que llegue la noticia de la muerte del abuelo.

En los últimos años el matrimonio de sus padres se había convertido en una gran mentira. De hecho, ya lo era al momento de esa primer consulta. La madre quiere que él se vaya, pero el padre siempre consigue dar vuelta la situación y permanecer en la casa.

Patricia habla, casi exclusivamente, de su familia. Su padre es un delincuente, su madre una tarada y la violencia todo lo invade. Pero principalmente, y con mucha angustia, se refiere a sus hermanos y a las consecuencias sufridas por haber nacido en semejante estropicio de familia. Difícilmente hable de ella misma, tiempo después, deslizará, “no estoy acostumbrada a confiar”. La asedian el insomnio y las pesadillas. Tiene armada una suerte de sintomatología obsesiva. Se baña entre tres y cuatro veces por día. No puede ir sola a lugares desconocidos. Necesita moverse con croquis dentro del vecindario. Sus relaciones con los chicos nunca terminan bien. Todo se interrumpe antes de cualquier tipo de intimidad sexual. Pero de esto no quiere hablar. En realidad, de casi nada quiere hablar. O aparece muy angustiada o se dirige a si misma con cierto tono de distancia y displicencia denominándose tarada.

La madre comienza a salir con un hombre que la lleva hasta la puerta de la casa. El padre hace un escándalo, amenaza al “amigovio” de su mujer y la familia nuevamente se transforma en un caos, si es que alguna vez dejó de serlo. Finalmente, el padre se muda a otro departamento, pero dentro del mismo edificio. En el ínterin, en medio de una discusión, le doble la mano a Patricia. Una vecina llama a la policía, pero la madre despide al patrullero diciendo, “acá no pasa nada”. Se produce una disputa por la tenencia. El padre se muda a otro lugar, Patricia no quiere verlo. Teme por sus hermanos. Él los expone a la compañía de gente poco confiable. La madre, tampoco los cuida demasiado. Compite con Patricia por la ropa y las salidas.

Un día el padre desaparece sin dejar paradero, pero sí un tendal de acreedores que saben la dirección y el teléfono de la casa donde vive la familia. Comienzan a recibir amenazas. Dice Patricia, “…esto ya pasó otras veces, siempre desaparece cuando las papas queman. Pero lo peor es que siempre vuelve. Es todo un tema contener a los chicos, explicarles. Cuando el ambiente está tranquilo aparece de nuevo. Sería mejor que estuviera muerto o preso”.

Después de la partida del padre, ella le dice toda la verdad de la violación a la madre, pero ésta sigue sin creerle. Sostiene que su hija fabula y como es tan inteligente consigue que los demás le crean. Casi al unísono,

Patricia revela en sesión que el padre estaba al tanto de todo. Le retrucaba irónico: “Tu abuelo tiene derecho, mira todo los que nos da” y “Si lo contás ¿quien te va a creer?” Este padre además de estafador, es un entregador.

En su último año de secundario Patricia trabaja, hace materias de la facultad a distancia y comienza un romance con alguien que, precisamente por su ocupación, tendría la obligación de cuidarla, hecho que oculta a los ojos de su madre. Para esa época le sobrevienen desmayos, de diagnóstico incierto. Poco tiempo después se interrumpe el tratamiento y no hubo forma de hablar con ella.

Este trauma acontecido en lo sexual, no tiene el carácter de fantasía que Freud adjudicó a los abusos relatados por sus histéricas en los tiempos iniciales de su teorización. Patricia no contó una fábula alimentada en sus precoces e incansables lecturas. La madre, sin saberlo, se transformó en una freudiana de la primerísima hora. Admitir otra cosa, la hubiera llevado a interrogarse sobre su lugar de madre. Sobre sus ojos que no ven y sus oídos que no escuchan.

La violación implicó un trauma tal como es conceptualizado por Freud en Más allá del principio de placer, como una magnitud de estímulo que perfora las barreras protectoras del aparato. El trauma es lo que rompe en el algún punto al fantasma, entendiendo por éste al conjunto de

coordenadas que organiza la realidad psíquica otorgando respuesta a la pregunta ¿qué quiere el otro de mí? Algo de lo real de ese exceso, retorna sin inscripción en las pesadillas de Patricia. Una verdad intenta decirse “salvajemente” en sus acting out. Lo demás, cierto parapeto de índole obsesiva con el que consigue andar por el mundo. Ahora bien, ¿cómo pensar los efectos que el trauma depara al fantasma, si el fantasma no terminó de constituirse? Porque el goce perverso del otro irrumpió sobre su cuerpo púber. ¿Solamente rompió marcas o también hizo marca? ¿Cómo pensar este amor con un hombre ocho años mayor, en función de cuidarla y no de seducirla? Es de subrayar que con esta persona accedió al comercio sexual, al que se negó sistemáticamente con los noviecitos de su edad.

¿Cómo inscribir algo de lo real sin ligadura que el trauma comporta, si la palabra es desestimada, vaciada de crédito y valor, por los padres y también por ella misma. Y a la vez, ¿estamos en presencia de un trauma o de una sucesión de episodios traumáticos? Si bien la violación sistemática por parte de su abuelo entre los doce y los catorce años, se perfila como un hito nefasto en su vida, no terminan de saberse los alcances de los actos de su propio padre sobre ella antes de esa edad. Porque Patricia, tiende a callar para preservar. Y, claro está, no me canso de subrayarlo, estos padres no propician la simbolización. Precisamente ellos, no funcionaron ni funcionan como tales. La madre abandona en su descuido y escepticismo. Permanece inclaudicable en su posición renegatoria. El padre se le viene

encima de todos los modos. Aún en ausencia, retornan sobre ella las consecuencias de sus fechorías. Patricia esta en una situación de riesgo.

No fue fácil operar con este caso. Decir lo que ella se negaba ferozmente a decir, hubiera resultado iatrogénico. Su abuelo estaba lejos y postrado. ¿Entonces? Trabajar sobre ella, sobre su imperiosidad de callar -cuidar –cuidarse. De hecho, cuando el padre desapareció lo pudo relatar a su madre, pero no fue escuchada. Patricia no quería ir a la justicia. No quería exponerse más. Mis maniobras apuntaron a trabajar con los padres, -dentro de lo posible- sobre el riesgo en que el estado de cosas sumergía a Patricia. ¿Presentarme yo a la justicia en contra de la voluntad de mi paciente? Ella se aferraba a madre y hermanos, no quería ser separada de ellos .Intentaba una y otra vez, acting out mediante- ser alojada como hija por la madre. Tuve que realizar diferentes informes -para el colegio, para el juzgado- en los que intenté decir lo decible. De hecho, este último informe contribuyó para que no se le adjudique al padre un régimen de visitas y, aparentemente, lo disuadió de su presunta intención de quitarle la tenencia a la madre. Todo, antes de desaparecer, por supuesto. Pero las maniobras no alcanzaron para implicar a la madre en su maternidad de manera distinta. Con el tiempo ella comenzó un tratamiento psicológico, pero no cambiaron mayormente las cosas. En su momento no había querido ver ni escuchar y seguía sin querer ver ni escuchar. La metrorragía, acaso ¿no podría pensarse cómo un dar a ver con el cuerpo allí donde no podía decirse con palabras? Y para finalizar, ¿la elección amorosa que realizó la paciente, es algo para poner en cuestión en el análisis? Yo opté por no

hacerlo. Esta relación apareció como un oasis en lo que podríamos denominar el tormento de su existencia.

Cómo advertí en el inicio, no dejan de rodearme los interrogantes…

Lic. Norma Beatriz Vallone

 
Lo que no pertenece al bronce
Textos - Textos
Escrito por Gabriela Insúa   
Viernes, 22 de Abril de 2011 22:18

“Los días, las semanas, los años transcurridos en las trincheras retornarán y nuestros compañeros muertos surgirán y marcharán a nuestro lado”
                                      “Sin novedad en el frente”, Erich María Remarque

El bronce en que se suele recordar a los héroes, los inmoviliza, los perpetúa, pero a condición de inmovilizarlos.
Tiempo detenido al fin, es otro el de los excombatientes.


“Tiempo detenido”, ¨presente perpetuo”, al decir de Francoise Davoine, y de Primo Levi, entre otros; es a diferencia del bronce estatuario, un tiempo dinámico; plagado de sombras y de fantasmas, de horrores, de recuerdos, de visiones, de odios. De amor a su vez por una lucha, por una causa, que es sentido en medio de la sinrazón, de la locura del Amo de la guerra.


Locura también de todo un pueblo, que suele eyectar aquello que anteriormente acunó.


El tiempo detenido del excombatiente, de cualquier guerra de la que se trate; no es el del bronce, el del monumento, o el que ubica un rojo en el calendario. Que indica un feriado, que siguiendo la etimología de la palabra “feria”,  indica una fiesta que no es.

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La Teta Asustada
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Novedades - Cine
Escrito por Gabriela Insúa   
Miércoles, 02 de Junio de 2010 04:02

Portada Pelicula LA TETA ASUSTADA:
Perù
2009
Director: Claudia LLosa
Guion: Claudia LLosa.

Un film emotivo, profundo, sobrecogedor como el silencio del poblado desèrtico donde transcurre.Esa densidad del aire de las zonas màs pobres de la periferia Limeña sòlo perturbadas por los sones de las coplas en quechua que dicen de la identidad y de la historia.
Las mujeres violadas en los tiempos de la violencia política que atravesò Perù entre 1980 y 1992 quedan profundamente marcadas por esos acontecimientos traumàticos y transmiten ese temor a sus hijas.Es el caso de Fausta, cuya madre fue violada y torturada cuando la llevaba en su vientre y su padre muerto frente a su mujer.Silenciosa y esquiva por miedo, no por elecciòn, encuentra como forma de dominar su miedo un ritual defensivo transmitido de generaciòn en genracion: llevar en su vagina, una papa, un tubèrculo para ahuyentar a los violadores "Sòlo el asco ahuyenta a los asquerosos" dice copleando en un momento del film.
Los demàs dicen que ella padece de una extraña enfermedad llamada · la teta asustada· , tìpica en los hijos de quienes han sido vìctimas de violaciones y que se transmite por la leche materna.

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Presentación de "Volver al Metodo"
Difusión - Eventos
Escrito por Gabriela Insúa   
Lunes, 26 de Abril de 2010 00:00

Gacetilla de la Presentacion del Libro

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“La Desconocida ” Director: Giusseppe Tornatore
Novedades - Cine
Escrito por Mirna Restuccia   
Jueves, 31 de Diciembre de 2009 03:38

“La Desconocida ”
Director: Giusseppe Tornatore

La inmigración desde Europa del este después de la caída del muro, y la inserción en otra sociedad; en este caso la italiana, es el marco para el desarrollo de la trama de “La desconocida”. Un film lleno de intriga que logra mostrar a través de escenas absolutamente crudas el mundo de la” trata de blancas.”Una cita con el acontecimiento traumático  cinematográficamente lograda  donde no dejan de estar presentes situaciones que dan cuenta del flashback  y de la repetición traumática.

La  historia de una mujer que logra salir del lugar de objeto a partir del momento que  toma la decisión que dará un viraje a su destino, y por la cual está dispuesta a arriesgar su vida en la búsqueda de lo único que pareciera darle un sentido a la misma.

 
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